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AMELIA GAMONEDA / POETA E INVESTIGADORA

“El misterio mayor es cómo un sustrato neurobiológico puede desembocar en pensamiento”

Esther Peñas 9/07/2024

<p>Amelia Gamoneda. / <strong>Editoria Abada</strong></p>

Amelia Gamoneda. / Editoria Abada

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¿Es la inspiración el resultado de un vagabundeo secreto de la mente que se nos muestra como fruto de azar? ¿Qué diferencias existen entre el eureka científico y la idea de iluminación artística? ¿Existen las casualidades? ¿Tienen las Musas explicación científica? De estas y otras cuestiones igualmente fascinantes nos habla la poeta e investigadora Amelia Gamoneda, coordinadora del libro Idea súbita. Ensayos sobre epifanía creativa (Abada). La catedrática de Literatura Francesa en la Universidad de Salamanca e hija del poeta Antonio Gamoneda, explora en este volumen las etapas intermedias entre el planteamiento de un problema y la llegada abrupta de su solución.

El hecho de abordar “la idea súbita” desde postulados incluso científicos, ¿no le resta fascinación o encanto?

Idea súbita es el nombre bajo el que presentamos esos fenómenos conocidos como eureka, epifanía, serendipia o incluso iluminación. Todos ellos tienen en sí capacidad de fascinación, sobre todo para quien lo experimenta en su propia mente. Ello sucede porque la idea súbita suele llegar –tanto en arte como en ciencia– sin aparente esfuerzo, sin que el sujeto tenga sensación de trabajo de reflexión que desemboque en resultados. Lo que sucede es que no hay trabajo consciente, aunque sí inconsciente. Pero al ser inconsciente, no es un trabajo de orden racional, y la idea súbita se presenta como surgida de la nada si consideramos que una idea ha de ser siempre resultado de un trabajo consciente racional. Sin embargo, lo específico de la idea súbita es precisamente ocultar a la conciencia el trayecto de su advenimiento. Desde este punto de vista, señalar que hay un trabajo inconsciente previo puede considerarse un desencantamiento, si se quiere, pero no es mayor que el que trata de desentrañar neurológicamente cualquier otra producción mental. De todos modos, estamos muy lejos todavía de sufrir ese tipo de desencantamientos. Porque el misterio mayor es cómo un sustrato neurobiológico puede desembocar en pensamiento –de cualquier clase que este sea, tanto el más genial como el más banal–. El paso de lo sensible a lo inteligible es la pregunta que, desde siempre, fascina tanto a científicos como a artistas. Las incipientes respuestas que ofrece hoy la neurobiología no desencantan, sino que reencantan. Pero quizá moviendo el encantamiento de lugar: ya no se trata de creer en espíritus iluminadores o en prodigios de revelación, sino en experimentar el asombro frente a la complejidad desconocida de nuestra propia mente. 

¿Qué predisposición de ánimo se requiere para recibir la epifanía?

Parece ser que una atención flotante al entorno la favorece. Hablamos de epifanía cuando nos referimos al ámbito del arte, de la filosofía o la religión. En estos territorios no hay forzosamente planteamiento previo de un problema que tengamos que resolver, como sí ocurre en el eureka, que es el término que corresponde a la idea súbita en ciencia. Es decir, lo habitual es que, antes del eureka, el sujeto haya reflexionado largamente sobre algún problema y le haya buscado inútilmente solución. Abandonada esta reflexión, sobrevendría el eureka. Por su parte, la epifanía no tiene forzosamente ese perfil de problema no resuelto. Sin embargo, en ambos, la idea súbita aparece precedida de una bajada de atención dirigida conscientemente hacia objetivos precisos. Como si la mente se encontrara en un momento de relax y vagabundeo: es el momento de solaz en la bañera para Arquímedes o de ver una manzana cayendo del árbol para Newton. Entonces sobreviene otro momento en el que el cerebro se cierra a la percepción de ese entorno y sucede la toma de conciencia de una idea. Hay que pensar que, en la fase de vagabundeo de la mente, de modo inconsciente estarían sucediendo operaciones mentales analógicas no censuradas por la razón y quizá hasta disparatadas. Puede ser que alguna tenga fortuna y sea captada como viable en términos de solución racional, estética o de otro tipo por nuestro cerebro, quien entonces reacciona volviendo hacia ella la atención consciente, para lo cual despliega una actividad dominante del hemisferio derecho, mientras que la información se difunde globalmente en el córtex, haciéndose así consciente. Pero, antes de todo ello, se diría que el ánimo es relativamente relajado y distraído. Solo después se revela que había una idea en estado larvario. 

¿Todo existe previamente y la cuestión es encontrarlo?

No, las ideas se generan, no preexisten ni en la realidad ni en nuestro cerebro. Solo podemos decir que las encontramos en el sentido en el que los trovadores utilizaban en verbo “trovar”, que ha dado el francés “trouver”: en un sentido creativo. En todo caso, el sujeto no encuentra algo preexistente, lo que sucede es un “encuentro” entre el sujeto y ese algo, el sujeto es parte activa. No se trata de que el sujeto acuda a ningún hipotético reservorio de ideas, sino de que él mismo produzca un tipo de acercamientos y combinatorias no censurados previamente por la razón (de esto sabían mucho los surrealistas cuando creaban imágenes). Y algo importante: la atención flotante al entorno puede recoger modos de percepción y de sensibilidad respecto al mismo que forman parte de esos acercamientos de tipo analógico que desembocan en la idea súbita. Esta idea no preexiste ni es un resultado, es una emergencia: algo nuevo.

Poincaré aseguraba (la frase se repite en un par de ocasiones en el ensayo) que “las combinaciones útiles son precisamente las más bellas”. ¿La belleza no se sustenta precisamente en su opuesto, en lo inútil, en lo que carece de valor de cambio?

Utilidad y belleza son dos fuentes de creación de valor en este mundo. Son muy diferentes, claro está, pero ambas han conseguido generar rendimiento en términos sociales y económicos. La utilidad proporciona satisfacción a las necesidades. La belleza genera satisfacciones no necesarias. La ciencia sirve a la primera, el arte a la segunda. Ambos se duelen de no saber proporcionar las satisfacciones que sí proporciona el otro. Frente a esa decepción, el arte prefiere displicentemente declararse inútil. Y la ciencia reclama vanidosamente para sus útiles producciones una idea de belleza simplificada y cognitivamente depauperada en ornato. Esta grosera psicología de ambos ámbitos de conocimiento del mundo me parece estar en la base de algunas actitudes mucho más sofisticadas, como es el caso de la admisión de la metáfora o del propio eureka por parte de la ciencia en los prolegómenos del pensamiento científico. La filosofía de la ciencia admite con presteza que pueda haber una fase de descubrimiento vinculada con un pensamiento no científico, pero que ha de ser superada con la misma celeridad. Este tipo de posiciones ha alimentado el gran debate sobre modelo y metáfora. Y el eureka también ha sido rentable a la hora de discutir la posibilidad de diversos tipos de mente científica y creadora (matemáticos que piensan con fórmulas o que lo hacen con imágenes; creadores tipo Beethoven o Mozart). 

El hallazgo, ¿siempre se comprende a posteriori?

Esta cuestión es importante. En el caso del eureka –que se produce como solución a un problema científico– el productor de la idea puede tener la intuición de su acierto, pero necesitará después comprobarlo aplicando toda su racionalidad y su conocimiento de la disciplina en cuestión; y, seguramente, también deberá corregir la formulación de la idea y demostrarla para convertirla en una verdad científica. Esta fase de verificación es imprescindible para certificar a posteriori un eureka, pues en otro caso podría tratarse de una idea fallida. Sin embargo, en el caso del arte y su epifanía no se produce esa fase posterior, porque el arte no se funda sobre verdades verificables. Su pregunta se refiere a la comprensión que podría darse tras la idea súbita y, en el caso de la epifanía del arte, la comprensión en términos cognitivos exigiría que el arte fuera en sí mismo inteligible. Pero la inteligibilidad –ya lo decía Jorge Wagensberg– no es característica del arte.

Más que comprender el hallazgo, lo que el arte ha buscado a lo largo de la historia es legitimarlo por otras vías

Más que comprender el hallazgo, lo que el arte ha buscado a lo largo de la historia es legitimarlo por otras vías. Por ello, la epifanía se ha atribuido a la influencia de alguna entidad superior y poco inteligible (espíritus, musas, deidades) cuya garantía se producía en el mismo surgimiento súbito de la idea y no después. Otra gran legitimación ha sido y es la estética. Pero los tiempos modernos –y en particular las vanguardias– rompieron con esas legitimaciones, incluso con la del sufragio del gusto general. Desde entonces, el arte no busca e incluso no admite legitimación –hoy en día es poesía lo que actualmente declara el poeta y así nombra en la portada de su libro–. De donde se sigue que la epifanía artística se aleja cada vez más del eureka y se acerca cada vez más a la serendipia, esa otra idea súbita. 

¿Qué diferencia a la idea súbita que ha sido largamente perseguida de la que brota sin causa primera, como el fulgor de un verso?

La expresión “idea súbita largamente perseguida” es casi un oxímoron, pues el problema pendiente de resolución puede haber sido largamente planteado y pensado, pero la idea súbita no ha podido ser elaborada larga y conscientemente, solo el trabajo de incubación inconsciente puede ser largo. Por otra parte, el verso es, a mi entender, un caso específico de epifanía; es, por así decir, el surgimiento de una fórmula lingüística que viene a nombrar una experiencia del sujeto que no tenía nombre. En ese sentido, es un hallazgo: tiene la novedad de la palabra que existe por vez primera (y quizá última: un hápax), y naturalmente por ello no pertenece al lenguaje común, no es comunicativa en el sentido en que lo es un término del diccionario. Y por no ser comunicativa no es tampoco inteligible. Es un lenguaje que se ensaya, sin aval y sin demostraciones posteriores. Excepto quizá la de la lectura poética, esto es: el hecho de que un lector pueda reconocer el verso como fórmula lingüística conforme a la expresión de su propia experiencia. 

¿Hasta qué punto se puede racionalizar el azar?

El azar no es un ingrediente esencial de la idea súbita. Incluso en el caso de la serendipia, la sorpresa cuenta más que el azar, pues lo importante es el proceso que se desencadena en el sujeto y que está cercano a la abducción, no tanto la idea de las contingencias exteriores al sujeto. La intervención del azar en la idea súbita se asemeja a la idea del azar objetivo de los surrealistas: es el poeta el que encuentra el parentesco entre los sucesos del mundo; otra cosa es que el relato se pueda hacer de manera reversible y que sea posible prestar carácter azaroso o teleológico a lo que, en el fondo, ha sido seleccionado por la percepción de un sujeto. 

El hallazgo súbito tiende a subrayar la presencia del sujeto en el proceso de pensamiento

¿Qué carga emocional implica el hallazgo?

El hallazgo súbito tiende a subrayar la presencia del sujeto en el proceso de pensamiento, pues de pronto este siente su propia implicación en el surgimiento de la idea –implicación que un momento antes no sentía–. La siente porque la idea se presenta por sorpresa, y con ello el sujeto torna repentinamente a una conciencia. El sujeto se sorprende tanto del contenido como del propio hecho de su ocurrencia. Pero sucede también que en el eureka y la epifanía, algo de la experiencia personal y no consciente del sujeto pasa a la idea, le da forma o contenido, y el sujeto se siente entonces así reflejado de algún modo en su propia idea. La reconoce como suya después de verla surgir aparentemente de modo independiente y sin su contribución, se posesiona de ella. Así pues: sorpresa y reconocimiento (ambos en grado matizado, naturalmente). Lo subitáneo ejerce una fascinación sobre ese sujeto: lo que no existía para uno de repente existe en uno mismo. Hay también experiencia de magia, de un ilusionismo que retiene nuestra atención desde la infancia –recuérdese el fort-da freudiano–. Finalmente, puede haber una elaboración de la sorpresa y la fascinación en el sentido de atribuirlas a alguna instancia inspiradora, lo que refuerza el sentimiento de excepcionalidad del sujeto: elegido o genio. Y a partir de este grado entramos ya en zonas esotéricas.  

La inteligencia artificial, ¿también incurre en ideas súbitas o es una facultad humana?

Si el eureka se describe como idea súbita que pasa del inconsciente a la consciencia, no parece que esta noción pueda aplicarse a la inteligencia artificial. Conciencia e inconsciente son hasta ahora nociones que dependen de la existencia de un sustrato biológico por definición, y una máquina no es un ser vivo. Otra cosa es que ampliemos la noción de consciencia y pensemos que el nivel de complejidad y la capacidad (hipotética aún) de suscitar cierto nivel de emergencias dentro de un sistema pone a la máquina en condiciones de cumplir los requisitos de una conciencia. En ese sentido (no creo que la máquina esté muy interesada en ello), podría considerarse que el trabajo no explícito de la máquina tiene analogía con el trabajo inconsciente. El problema es que el trabajo inconsciente se ancla en la condición corpórea del sujeto. En fin, la idea súbita es un registro de la corporeización de nuestro pensamiento: una especificidad humana que supone una frontera muy básica pero inexpugnable para la inteligencia artificial. Lo más rudimentario es lo más difícil. 

Eureka y epifanía requieren de confianza en uno mismo

Las condiciones externas (nivel social, económico, etc.), ¿de qué modo condicionan la aparición del eureka?

Una idea –tanto trabajada conscientemente como súbita– surge de una necesidad o problema, del tiempo necesario para pensar en resolver dicha necesidad, de los conocimientos básicos para enfrentar el problema y del ingenio suficiente para hallar la solución. Todo el mundo tiene problemas, pero no todos tenemos las mismas posibilidades y facilidades para gestionar el resto de los ingredientes de la producción de una idea. Sucede que, a mejores condiciones de vida, mayores facilidades. La idea súbita no es una excepción. Pero además se diría que la atención flotante que la precede rima con cierta idea de ocio indolente. Y el ocio es caro. Sin embargo, creo sobre todo que el mejor curso de la idea súbita tiene que ver con la disposición del ánimo hacia uno mismo: ofrecerse psíquicamente el tiempo necesario, atajar en sí mismo el impulso productivo consciente, dar credibilidad a la propia intuición. Eureka y epifanía requieren de confianza en uno mismo. Genios, inventores y artistas no suelen carecer de ella. 

¿Es la inspiración el resultado de un vagabundeo secreto de la mente que se nos muestra como fruto de azar? ¿Qué diferencias existen entre el eureka científico y la idea de iluminación artística? ¿Existen las casualidades? ¿Tienen las Musas explicación científica? De estas y otras cuestiones igualmente...

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