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PEPE PÉREZ-MUELAS / ESCRITOR

“La facilidad para viajar nos convierte a todos en turistas”

Esther Peñas 2/10/2023

<p>Pepe Pérez-Muelas. / <strong>Editorial Siruela</strong></p>

Pepe Pérez-Muelas. / Editorial Siruela

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Homo Viator. El descubrimiento del mundo a través de los viajeros (Siruela): con este título Pepe Pérez-Muelas (Lorca, 1989) zarpa por rutas que fueron desconocidas, junto a hombres que arriesgaron su vida para constatar o trazar mapas, desde Urbano Monti (artífice de un visionario planisferio) al astronauta Gagarin. Nómadas, intrépidos, insensatos, bravíos o inconscientes, los exploradores sacan a bailar nuestra imaginación, nos muestran lo que tal vez nuestros ojos no verán nunca y nos recuerdan que la emoción está en callejear por las ciudades, orientados por la intuición, en aprender de lo distinto, en contemplar lo desconocido, no en fotografiarlo.

Para que Penélope y Ulises viajen juntos, ¿qué es menester?

Es menester que Ulises encuentre a su Penélope. La dedicatoria del libro, a la que aludes con tu pregunta, hace referencia al canto de la Odisea en el que Ulises conoce a Nausica, que está en la playa, lavando; ella se enamora y él tiene una diatriba: no sabe si quedarse con Nausica, joven, guapa, con la vida por delante asegurándole nuevas aventuras, o volver con Penélope, lo conocido, el hogar, la calma. Cuando era joven siempre pensé que cualquiera hubiera escogido a Nausica, hasta que me enamoré. Entonces entendí que los mejores viajes siempre se hacen con Penélope.

¿Qué distingue el espíritu aventurero del olor a turista?

Muchas cosas, el aventurero quiere conocer siempre más, está dispuesto a dejarse sorprender, basa su experiencia viajera en la sorpresa, en el conocimiento, en compartir con lo extraño, quiere superar barreras de todo tipo, no sólo las geográficas, sino entender al otro, escuchar al otro, que el otro le escuche, llegar a entendimientos. En la India hay ciudades mayoritariamente musulmanas. Cuando uno llega allí, sin darse siquiera cuenta, está cargado de tópicos acerca del mundo musulmán, hasta que te entregas a la ciudad, a ese bosque de símbolos que son las ciudades indias, y te dispones a aprender de una cultura que no es la tuya. El turista no quiere conocer, quiere ver, coleccionar fotografías que todo el mundo que ha estado allí ha tomado, está influido por las redes sociales, más pendiente de hacer fotos que de disfrutar de lo que tiene delante de los ojos. Es difícil desligarse de esa forma de viajar, incluso yo he sentido la necesidad y el estrés de hacer colas interminables para entrar en tal museo, de estar delante de la Venus de Boticcelli, donde todo el mundo está haciendo fotos, y sentir el impulso de sacar la cámara. No, eso no es viajar ni contemplar. Eso es no ver nada.

El turista no quiere conocer, quiere ver, coleccionar fotografías

El turista, pues, es una especie de bulímico que engulle experiencias…

Sí, el turista ya ha visto las ciudades antes de llegar, a través de los medios de comunicación, sobre todo de las redes, pero su conocimiento es muy superficial. En mi caso, he viajado por las ciudades y me he dado cuenta de que lo que perseguía eran las huellas de otros viajeros en esas ciudades, de recrear su experiencia, las casas donde vivieron, donde escribieron sus obras, los sitios que frecuentaban… creo que esta es una forma noble de viajar. El turista no percute en las heridas que pueda tener la ciudad, en la historia más allá de los grandes rasgos. La facilidad que tenemos hoy en día de viajar nos convierte a todos un poco en turistas. Estás 48 horas en Berlín: poca profundidad pueden tener tus pasos por la ciudad, verás el Reichstag, los restos del Muro, alguno de sus museos… también la actitud tiene que ver con ser turista o viajero. Los turistas entran en un museo y…

¿…lo convierten en un zoco?

Exacto, son incapaces de guardar silencio en un museo, de extasiarse delante de alguna obra, porque en vez de estar una hora contemplando la Capilla Sixtina, o Las Meninas, prefieren ver cien cosas más, aunque luego ni las recuerden fuera de las fotografías que tomaron. Sí, un zoco, y Europa se está convirtiendo en un parque temático que contribuimos en mantener.

Que ya no haya territorios ignotos, desconocidos, que casi todo haya sido registrado por nuestros ojos antes de mirarlo en presencia, ¿resta estupor, magia al viaje?

Hay experiencias irrepetibles. Quien contemplara en el siglo XV, por ejemplo, las Pirámides, sin saber cómo eran, habiéndoselas imaginado por las descripciones de los libros, esa sensación de absoluta inocencia es muy difícil que se dé hoy en día. Pienso en los primeros montañistas que llegaron a la cima del Everest, pensar “soy la primera persona en el mundo que ha visto esto, que ha llegado aquí”… y ahora hay colas subiendo la montaña, la gente arroja las botellas de oxígeno a su paso… apenas quedan sitios donde refugiarse o donde no haya estado el ser humano. Pero, si indagamos, si tenemos paciencia, tiempo, cierto arrojo, descubrimos que todas las ciudades tienen rincones que podemos redescubrir, sitios, emplazamientos, barrios que no salen en las guías, pero que merecen la pena, calles en las que nos ocurren cosas que las convierten en únicas ya para nosotros. Hay una cafetería en Roma, ‘Cafetería Perú’, cerca del Palacio Farnesio, que me gusta mucho; no tiene nada especial el lugar, el café no es más rico que en otros locales, pero me permite ver el palacio casi de perfil. Ese lugar me transmite muchas emociones.

¿Leer es una manera de viajar?

Por supuesto. Los viajeros descubrimos cosas a través de lecturas, porque leer también es viajar y los viajes se basan mucho en lecturas de otros que han estado antes que nosotros.

Los viajeros descubrimos cosas a través de lecturas, porque leer también es viajar

¿Se trata de que cada cual haga su propio mapa o cartografía anímica de las ciudades?

Sí, un mapa sentimental de la ciudad que visitas. Hace poco estuve en Berlín, una ciudad inabarcable. Decidí que quería conocer el Berlín de la noche de los cristales rotos, el Berlín de los judíos perseguidos y asesinados… es otra forma de viajar, descubrí calles que no hubiese visto si no hubiera trazado esa temática; claro, esto requiere una preparación anterior, tienes que leer antes de ir, buscar una ciudad dentro de la gran ciudad, y sacrificar los lugares más turísticos.

Marco Polo, Colón, Battuta, Magallanes, James Cook, Humboldt… son muchos los viajeros que deambulan por estas páginas, ¿por cuál de ellos siente especial querencia y por qué?

Siento profunda admiración por Egeria, una mujer romana, del siglo III-IV a.C., sobre la que tenemos pocos datos biográficos. Me parece un milagro del mundo clásico, una mujer en un mundo hostil de hombres…

Como Oriana Falacci, a la que también menciona en su ensayo…

Como la Falacci, sí, probablemente tengan mucho que ver. Egeria partió de Galaica, no se sabe con exactitud si Galicia o León. Se sabe que era monja, que tenía una mirada inteligente, que no se dejaba llevar por la literalidad de la palabra escrita. Era como santo Tomás, necesitaba ver para creer. Fue al desierto, donde la Biblia cuenta que la mujer de Lot se convirtió en estatua de sal, va buscando la estatua y, al no encontrarla, llega a la conclusión (hablamos de siglos III-IV a.C) de que la Biblia también tiene fábulas que ayudan y sostienen al entendimiento. Sus comentarios, recogidos en Itinerarium ad Loca Sancta, son muy detallados e inteligentes, al nivel de los grandes teólogos, como San Agustín. Sus anotaciones, a modo de cuaderno de viaje, están muy bien escritas, con una prosa excelente. También es un milagro que se haya conservado; por supuesto, se pensó que lo había escrito un hombre, hasta que a finales del XIX una monja francesa encontró un manuscrito en Arezzo, cerca de Bolonia, y se comprobó que era de Egeria. Faltan algunas partes, pero se conserva casi íntegro. También me fascina Ibn Battuta, para mí el viajero por antonomasia, y así se consideraría si hubiera nacido en París o Londres, pero nació en Tánger. Viajó mucho más que cualquier explorador o viajero europeo, por supuesto más que Marco Polo.

Del que no sabemos realmente si viajó…

Exacto, Batutta fue a China, India, conoció todo el mundo musulmán, llegó hasta la zona del Cáucaso… y siempre con una mirada inteligente.

El descubrimiento del mundo, ¿cuánto de azar, de intuición y de voluntad contiene?

Tiene de las tres cosas, por ejemplo, Colón. Sabía que la tierra era redonda antes de empezar su viaje, los clásicos lo sabían, los tratadistas, pero una cosa es leerlo y otra montarte en el barco y descubrirlo, demostrarlo. Ahí tenemos conocimiento, tenemos intuición y voluntad, y tenemos azar, porque Colón quiere ir a la India, pero llega a Las Indias. Gracias a ese viaje descubre un continente maravilloso, con una literatura fascinante. El discurso que dio García Márquez cuando recibió el Nobel hablaba de las cartas de Colón como la primera manifestación de literatura hispanoamericana; en esas cartas está el realismo mágico, que conoceríamos cinco siglos después. A Colón el lenguaje se le queda corto, se encuentra con animales no solo que nunca ha visto sino sobre los que no tiene ni una sola referencia, nunca ha leído sobre ellos, y no sabe cómo interpretarlos, cómo nombrarlos, y habla, por ejemplo, de cerdos con el ombligo en la espalda. Por otro lado, tiene que justificar su viaje, tiene que decir que hay oro, aunque no lo ha encontrado, pero se inventa, en las Cartas de Relación a Isabel La Católica, que hay oro por todas partes. Hay ficción, mentira y literatura. Colón resume esos tres ingredientes. Podría mentarte también a Pedro Páez, el primer europeo en llegar a las fuentes del Nilo, en el siglo XVI-XVII, un viajero un tanto olvidado. Él viaja por la India, Arabia, lo cogen preso, llega a Etiopía… tiene muchísima intuición, ha leído a los clásicos, los griegos y romanos quisieron llegar a esas fuentes y no lo lograron; él es consciente de dónde está cuando llega a ellas. Además, Pedro Paéz es el primer europeo del que hay constancia que bebe café, tan relacionado con los viajes y los libros. Kafá, lo llama él, en alusión a la provincia etíope donde se cultivaba.

Mirar mapas me relaja, imaginarme esos territorios en los que puedo estar me incita a imaginar otros mundos

¿Por qué observar mapas salva de la melancolía, como aseguran algunos médicos y cartógrafos?

A mí me ayuda, mirar mapas me relaja, imaginarme esos territorios en los que puedo estar me incita a imaginar otros mundos; en el libro recojo el poema de Rafael Alberti La niña rosa, sentada: “La niña rosa, sentada, sobre su falda, como una flor, abierto, un atlas”. Elsa Morante, una escritora magnífica, tiene un libro, La isla de Arturo, sobre un niño que nace en una isla del Golfo de Nápoles, Procida, pertenece al mundo rural de principios del XX, su madre ha muerto y su padre está siempre de viaje, y se cría solo. Tiene un atlas que le alivia de esa soledad, construye un mundo que lo salva de la tristeza a través de los viajes que hacen los demás. Siempre me he sentido un poco así, sin tener historia dramática detrás.

¿Qué permanece intacto y qué se modifica en el viajero después de un nuevo viaje?

Lo comparo con las lecturas, cuantos más libros lees, más armas e instrumentos tienes para enfrentarte al siguiente libro. Cualquier viajero, cuando entra en una ciudad, tiene el manual de supervivencia compuesto por otras ciudades en las que ha estado. Cuando llegué por vez primera a Volubilis, ciudad romana cerca de Megnes, sabía que me encontraría una imitación en miniatura de la Roma antigua. Al entrar allí, me sorprendió mucho, pero sabía lo que me iba a encontrar, el color de la piedra que iba a ver, qué tipo de arquitectura habría, el Arco del Triunfo… viajar te concede la sensación de haber estado allí antes. Eso me ha sucedido en Itálica, cerca de Sevilla, o cuando me perdí por la kasbah, la parte antigua de Fez, que es como un trasunto de Calcuta, con muchísimas diferencias, por supuesto, pero con ese mismo bullicio, olores a especias, ese caos… He olido aromas en la India que he encontrado en calles de Atenas, solo en algunas calles de Atenas. Viajar te hace conectar culturas ancestrales. Me gusta mucho encontrar huellas de ciudades en las que he estado cuando visito otras nuevas.

Los lugares que uno visita, ¿son el estado de ánimo del que los habita o al revés?

Esta es una idea romántica, la de que el paisaje influye en el estado de ánimo del viajero, pero que incluso el viajero influye en el estado de ánimo de la ciudad. Cada ciudad y cada viaje tienen su momento. Viajé a la India con veintiséis años, y el viaje que haría ahora, con más cosas que perder y conservar, sería diferente, no soy tan intrépido como entonces. En los viajes también influye la economía, no es lo mismo conocer París con dieciocho años y sin un duro, que visitarlo con cuarenta y con un trabajo estable. No quiere decir que ninguno de ellos sea mejor, acaso nos quedaríamos siempre con el que hicimos a los dieciocho, porque tendemos a mitificar los viajes que hacemos en la juventud.

¿Y qué sucede con esas ciudades cuya aureola excede todo dique, Venecia, París…?

Sí, es imposible no considerarlas las ciudades del amor, aunque no es mi caso. También hay ciudades de liberación, ciudades que visitas en un determinado momento anímico malo y te salvan; por ejemplo, eso me sucedió con Montpellier, ubicada en una encrucijada maravillosa, con un clima mediterráneo estupendo, similar al de Barcelona, y un orden, una elegancia muy francesa. Roma también, es mi segunda casa, he estado muchísimas veces, además de que tengo formación del mundo clásico que me he preocupado de mantener viva y alimentar. En Roma he estado con tantos estados de ánimo, que cuando llego mi estado de ánimo es Roma misma.

¿Un mapa es una metáfora del lugar o un espejo?

Un mapa es, ante todo, el intento de representar una realidad, y nunca es real. Puede llegar a ser un espejo, pero no el espejo de la geografía, sino el espejo de quien hace ese mapa, de la persona, de cómo interpreta la geografía. Los mapas son aproximaciones, intentos de abarcar la geografía. Intentos, en cualquier caso, vanos…

Como el cuento de Borges, Rigor de la ciencia, en el que la escala del mapa es real…

Sí, ese mapa es tan inútil como imposible. Cada cual, por otro lado, tiene sus mapas, bien porque los dibuja, o los conforma en la cabeza.

El mapa nos ayuda a situarnos, orientarnos y a leer las ciudades

¿Tiene sentido hoy en día el mapa?

Sí, no tanto su soporte en papel, porque casi todo el mundo usa Google Maps. No es algo deshonroso mirar un mapa, yo mismo me he llenado de prejuicios al llegar a alguna ciudad pretendiendo orientarme por mi instinto. Incluso en Roma, que conozco bien, a veces me sorprende una calle que no está donde yo la recordaba. El mapa nos ayuda a situarnos, orientarnos y a leer las ciudades. Hice una ruta de Caravaggio en uno de mis viajes a Roma, usando un mapa del XVII, y la ciudad ha cambiado poco, sí la técnica para hacer los mapas, pero no el trazado. Sí tienen sentido los mapas. El problema surge cuando superponemos el mapa a la ciudad, es decir, cuando el mapa no nos deja verla. Hay que dejarse llevar por la propia ciudad, atender a su llamada, improvisar.

¿La diferencia entre un turista y un viajero puede ser la misma que hay entre el Mapamundi de Ptolomeo y Google Earth?

No, tanto el mapa de Ptolomeo como Google Earth responden a un esfuerzo científico encomiable, están en la misma línea. La diferencia está en cómo se mire el mapa. Google Earth te lleva al lugar exacto, puedes verlo, pero hay que perderse, buscar lugares donde comer y no guiarnos por Tripadvisor. Desgraciadamente, las ciudades hoy en día se parecen demasiado. Pienso en  Roma, París y Madrid del XVII, y hay muchas más diferencias entre ellas que ahora. Por otro lado, la gente busca lo mismo en todas las ciudades, es una pena, pero…

Este ensayo revoca la sentencia popular de que la curiosidad acaba con el gato…

No siempre el gato muere a manos de su curiosidad, pero a veces sí. El Cano zarpa con cinco naves y solo llega una, La Victoria. Pero siempre puede la curiosidad, el riesgo. Yo no viví la llegada del hombre a la Luna, mis padres sí, pero probablemente ellos no vean la llegada del hombre a Marte, y puede que yo o mis hijos, sí.

Homo Viator. El descubrimiento del mundo a través de los viajeros (Siruela): con este título Pepe Pérez-Muelas (Lorca, 1989) zarpa por rutas que fueron desconocidas, junto a hombres que arriesgaron su vida para constatar o trazar mapas, desde Urbano Monti (artífice de un visionario planisferio) al...

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